Encabezado de Ficha El Antillano
 

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La mano dura en España
Michelle Angiolillo y Galli
En el consultorio del doctor Betances
El fin de Angiolillo en España y de España en América
La tormenta después de la muerte
Los revolucionarios nunca mueren

Opio

 

El régimen de la Restauración premiaba por turnos a los adictos a las dos agrupaciones que se alternaban en el poder, y de manera permanente a las clases sociales que lo sostenían, a la Iglesia Católica, que lo santificaba y al Ejército, que lo defendía.

Y defensas necesitaba, porque el régimen nunca fue capaz de establecer una legitimidad que no fuera su continuidad, ya que nunca fue el producto de la voluntad de la mayoría de los españoles. Estas mayorías sencillamente se desvincularon de la política, y trataban de llevar a cabo, como mejor se pudiera, las tareas obligatorias del diario vivir de las masas de la población.

En el seno de esas masas, no obstante, pululaban elementos en los que se radicalizaba el odio de clases, la rabia en contra del régimen, y la sed de justicia, o de venganza. Fue en ese terreno que prendió rápidamente la Idea, la visión embriagante de la utopía, de un mundo posible sin explotados ni explotadores, sin amos y sin sirvientes, sin propiedad privada ni autoridades sobre las riquezas de la sociedad, ni sobre las personas. Y cuando esa Idea prendió en las masas desesperadas, se levantó una tempestad de lucha y resistencia en contra del régimen, al cual éste respondió con la más feroz de las represiones.

Los trabajadores de Valencia y Cataluña respondieron

al terror de la oligarquía y su Estado con las tácticas de

la prédica del acto, la acción directa, el ataque frontal,

en contra de los poderosos.

El principal estratega de esa represión fue, sin duda, Antonio Cánovas del Castillo.

Antonio Cánovas del Castillo

El momento que nos ocupa ocurrió el 7 de junio de 1896, en Barcelona, en la procesión del Corpus Christi, que se llevaba a cabo por la calle Cambios Nuevos. La secuencia de eventos, y sus consecuencias, levantan sospechas sobre la participación del estado en los acontecimientos. La bomba que se lanzó sobre la procesión, y que mató a once personas e hirió a más de cuarenta, no cayó sobre la parte delantera del grupo de participantes, compuesta por los dignatarios de la ciudad, los principales ciudadanos, la gente de dinero e influencias, los curas y los obispos, sino en la parte final, donde se encontraban los feligreces más humildes. Éstos fueron los que pagaron con sus vidas y sus extremidades la explosión que sirvió de causa para que inmediatamente se lanzara a la calle, como si hubieran estado esperando, centenares de tropas, guardias civiles y, novedosamente, pelotones de integrantes de la infame Brigada Social, viciosos, vagos y delincuentes comunes, armados y protegidos por la Guardia Civil, los que lanzaron como perros feroces sobre los círculos obreros, las agrupaciones ácratas, el liderato sindical de la región, republicanos, anticlericales y, en general, sobre todos los grupos opositores del régimen. Los tomaron a todos desprevenidos. La acción relámpago del régimen acorraló a sobre cuatrocientos sospechosos en las mazmorras del castillo de Montjuïch, donde se escenificaron las más despiadadas torturas, violaciones y atropellos que se hubieran visto en la España burguesa.

El atentado en contra de la procesión del Corpus Christi

fue excepcional porque se lanzó la bomba contra la parte

final de la procesión, en la que desfilaba la gente más humilde,

y no en contra de su cabeza, donde se encontraban los grandes

dignatarios de la Iglesia, el gobierno, la oligarquía y el Ejército.

Éstos ya habían entrado, con toda pompa, a la seguridad del

templo, cuando estalló la bomba.

La Guardia Civil, dirigida por el teniente Narciso Portas, derrochó toda su crueldad y saña, y le dio mano libre a la Brigada Social para que cebaran sus inclinaciones sanguinarias y morbosas sobre hombres y mujeres indefensas.

La odiada Guardia Civil se valió de hampones

del bajo mundo de Barcelona que organizó con

el nombre de la Brigada Social para embestir en

contra del movimiento obrero de esa ciudad.

Tal fue la orgía de violencia macabra y de abusos sexuales, que el propio Ejército de España, y su estado mayor, se vio obligado a condenar los excesos y a distanciarse de las acciones de la Guardia Civil y sus fieras paramilitares. De Cánovas, por el contrario, sólo se escucharon elogios para los verdugos.

A los prisioneros que no fueron sumariados fue necesario celebrarles juicio. De los más de cien que se celebraron, sólo un puñado concluyó en convicciones. Los más de los reos fueron absueltos. No obstante, Cánovas dio órdenes que se les deportara a las colonias de África ecuatorial.

La barbarie de Montjuïch tuvo un efecto escalofriante sobre toda Europa, efecto que Betances supo aprovechar con gran efectividad propagandística. Una de las víctimas, Tarrida del Mármol, hijo de una familia acomodada de Barcelona pero nacido en Cuba, escribió un libro de denuncia que se convirtió en un manifiesto de condena del régimen canovista. En muchas ciudades europeas se escenifiicaron manifestaciones de protesta en contra de las atrocidades de Montjuïch, pero en ninguna en la escala de las que se organizaron en Londres. En más de una ocasión, miles de personas de todas las clases sociales y de todas las persuasiones políticas, salieron a la calle, espantadas por las crueldades inquisitoriales de los protofascistas de Europa, para escuchar a las víctimas sobrevivientes de los abusos y para manifestar su repudio a la barbarie instigada y amparada por Cánovas y su gobierno.

Fernando Tarrida del Mármol, hijo de una familia

acomodada de Cuba con raíces en Barcelona,

director del Instituto Politécnico de Barcelona

y simpatizante de la causa libertaria fue internado

en Montjuïch por la Guardia Civil e

inhumanamente torturado junto a cientos

de otros hombres y mujeres, como resultado

del operativo del Corpus Christi. Las conexiones

familiares de Tarrida (su tío había sido general

del Ejército de España) le ayudaron a conseguir

escapar de la prisión. Viajó a lo largo y ancho

de Europa denunciando la salvaje represión

del movimiento obrero en Barcelona por parte

del gobierno de Cánovas del Castillo.

Uno de los que escucharon y leyeron los escalofriantes testimonios, y vieron las cicatrices y mutilaciones exhibidas por las víctimas, fue un joven italiano de profundas convicciones ácratas, convencido de una vez y por todas, a su parecer, que la tiranía burguesa sólo se detendría mediante la acción directa y la propaganda del hecho. Había que hacer pagar un precio por crímenes como los de Montjuïch.

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