Encabezado de Ficha El Antillano
 

El fin de Angiolillo en España y de España en América

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El Magnicidio
Ese día en Santa Águeda
La España Antonio Cánovas del Castillo
Brevemente, en Cuba
La mano dura en España
Michelle Angiolillo y Galli
En el consultorio del doctor Betances
El fin de Angiolillo en España y de España en América
La tormenta después de la muerte
Los revolucionarios nunca mueren

Opio

 

Angiolillo finalmente encontró su presa en Santa Águeda, hospedaje de baños medicinales para los acomodados de España. Allí se hospedó él también bajo el nombre de Emilio Rinaldi, y asumió la identidad de un corresponsal italiano. Hay que suponer que, para no llamar la atención, tuvo que vestirse y calzarse a la moda de un caballero pudiente, lo que significaría que le fue necesario gastar cantidades de dinero a estos efectos.

Se cruzó con Cánovas varias veces, buscando el momento oportuno para el golpe, que finalmente se le presentó ese domingo al mediodía. Es de suponerse que, en ocasiones de encuentros casuales durante los días del acecho, se saludarían cordialmente, sin que se despertaran suspicacias.

Cuando se le presentó la oportunidad, pudo acercársele sin causar alarma. Con parsimonia, extrajo el revólver de su bolsillo y comenzó su faena.

Después de disparar el tercer tiro, Angiolillo bajó el arma. No huyó. Su primera confrontación fue con la mujer que él acababa de hacer viuda, Joaquina de Osma, que al escuchar la primera detonación, parece haber intuído que su marido estaba en peligro y corrió escaleras abajo. En ese plazo se escucharon la segunda y tercera detonación. Al ver la escena sangrienta, la espantada mujer encaró al verdugo de Cánovas con palabras fuertes. Angiolillo la dejó expresar sus emociones, y entonces le respondió, sin delatar ninguna emoción de su parte, que él había cumplido con su misión, pero que ella no corría ningún peligro. Nos citan los cronistas que le dijo: “A usted la respeto porque es una señora honrada; pero he cumplido con mi deber y estoy tranquilo. He vengado a mis hermanos de Montjuïch”.

En esos instantes fue apresado por varios de los veinticinco guardias civiles (y nueve agentes de la policía secreta) que suponían velar por la seguridad del Presidente del Consejo de Ministros. Fue conducido inmediatamente, fuertemente encadenado y bajo estricta vigilancia al cuartel de Vergara, cerca de la hospedería. Angiolillo nunca perdió la calma. No dio explicaciones ni pidió consideraciones de ninguna clase. Fue enjuiciado en la mañana del domingo, 15 de agosto por un Consejo de Guerrra, a puertas cerradas, que lo condenaron a morir. Angiolillo intentó plantear unas declaraciones políticas al concluir el juicio, pero no le fue permtido por los oficiales encargados.

El 18 de agosto, en Madrid, se validó el fallo del tribunal de Vergara por un Tribunal Supremo de Marina y Guerra.

Foto de la ejecución al garrote vil de Michelle Angiolillo y Galli.

La sentencia se ejecutó el 20 de agosto de 1897, a las once de la mañana, en el garrote vil, en el patio de la misma prisión de Vergara. Según se le atornillaba el collar de acero en contra de su garganta, emitió como pudo el grito de “¡Germinal!”, la consigna de guerra de clases del anarquismo internacional.

Al enterarse del hecho, Betances comprendió la magnitud del asunto. España le exigió a las autoridades francesas que expulsaran al doctor Betances y a otros exiliados cubanos. Solamente el prestigio del doctor, y su reputación entre las masas parisinas, y en círculos influyentes de la política de la ciudad, mantuvieron a raya a las autoridades francesas. En una carta escrita el 13 de agosto de 1897, a Gonzalo de Quesada, una semana antes de la ejecución de Angiolillo, Betances expresaba: “La venganza de Maceo ocurrida en Santa Águeda, el meeting socialista en que un cubano, Tarrida del Mármol, sobrino de Donato, tomó la palabra, la fuga de Justo García y de Planas de Chafarinas, han creado aquí un movimiento algo escabroso para nosotros y hoy he sabido por mis vecinos que mi casa se halla muy vigilada por la policía”.

Betances, el revolucionario puertorriqueño

Betances, el veterano conspirador —y quien siempre entendió que el deber de cada revolucionario era conspirar en todo momento contra el enemigo— manejó con cautela los resultados de los acontecimientos, pero nunca le tembló el pulso. Los medios noticiosos de toda Europa acechaban al galeno puertorriqueño en búsqueda de una entrevista reveladora. A preguntas de L’Intransigeant, periódico socialista de París, sobre su sentir en relación a los sucesos de Santa Águeda, Betances se expresó así: “No aplaudimos, pero tampoco lloramos”.

Declaró al periódico La Luz de Lisboa: “Cánovas había caído bajo el golpe de Angiolillo, que a fin de cuentas asesinó a un hombre, mientras que su víctima asesinó a un pueblo”.

El régimen canovista se sacudió, pero no colapsó inmediatamente. Las ruedas del estado se movieron rápidamente para recobrar el balance, y en poco tiempo ya Sagasta tenía el timón del gobierno y del régimen en sus manos.

No obstante, ya la suerte estaba echada. Con Cánovas, el único político español con prestigio de estado e influencias diplomáticas en las cancillerías europeas, sacado del camino, la maquinaria imperialista de Estados Unidos vio el terreno limpio para subirle la candela al fogón, y comenzó a dar pasos inexorables hacia la confrontación final con España.

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