Encabezado de Ficha El Antillano
 

Michelle Angiolillo y Galli

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El Magnicidio
Ese día en Santa Águeda
La España Antonio Cánovas del Castillo
Brevemente, en Cuba
La mano dura en España
Michelle Angiolillo y Galli
En el consultorio del doctor Betances
El fin de Angiolillo en España y de España en América
La tormenta después de la muerte
Los revolucionarios nunca mueren

Opio

 

Nació en Foggia, cerca de Nápoles, al sur de Italia, donde permaneció como trabajador ferroviario hasta que salió de Italia, perseguido a causa de su actividad de agitación en contra de las autoridades locales. De Italia pasó a Francia en 1895, y de ahí a Suiza, donde se ocupó como tipógrafo y periodista hasta ser acusado, multado y encarcelado en 1896, por sus escritos políticos. Logró evadirse de la prisión y pasó nuevamente a Francia, y luego a España, donde estableció contactos políticos con el movimiento obrero en Barcelona.

Michelle Angiolillo y Galli

Estaba en Barcelona cuando se suscitaron los hechos de la Calle Cambios Nuevos. El estado de sitio impuesto por la Guardia Civil y los persistentes rumores sobre los horrores que se perpetraban contra los detenidos en Montjuïch fueron buenas razones para verse persuadido a salir de la ciudad rumbo a Francia.

En Marsellas fue arrestado y se le encontró en violación de ley al poseer cédulas falsificadas. Se le envió a Bélgica, donde trabajó por un tiempo en una imprenta. Finalmente partió a Inglaterra en 1897. En Londres hizo contacto con los exiliados españoles, y tuvo también contacto personal con las víctimas de los sucesos de Montjuïch. Se empleó en una imprenta llamada Typographia y se activó inmediatamente en las labores de proselitismo anarquista. Contaba en este momento con 27 años de edad.

Asistió a la manifestación masiva en Trafalgar Square el 30 de mayo, organizada por el anarquista Joseph Perry del Spanish Attrocities Committee.

Pudo comprobar de cerca la crueldad de la represión burguesa, en la carne mutilada de dos trabajadores torturados, Oller y Gana, que le mostraron a él y a otros anarquistas reunidos en casa de uno de ellos, las escalofriantes cicatrices que condenaron a Cánovas a su destino violento.

Frank Fernández nos cita el testimonio de uno de los presentes:

“Yo he visto las cicatrices de Francisco Gana en sus manos, las que fueron quemadas con hierros candentes para que acusara a alguien, le sacaron las uñas, lo amordazaron y apretaron al máximo hasta que su boca quedó abierta por horas. Lo hicieron caminar por su celda cuatro días y noches, sin descanso. Le aplastaron la cabeza con una máquina compresora. Finalmente le arrancaron los testículos.”

El incansable doctor Betances formó parte del coro que machacó con insistencia el punto propagandístico necesario: el estado español representaba un sistema sádico que se ensañaba sobre gentes indefensas, como ocurrió con los reconcentrados en Cuba, insurrectos en armas, como fue con los revolucionarios cubanos y filipinos, que eran sumariados cuando caían prisioneros, y ácratas en rebelión, como demostraron en los sucesos de Montjuïch. Siempre ha sido el deber de todo ser humano civilizado oponerse a este tipo de barbarie.

El doctor Ramón Emeterio Betances

Casi instintivamente, Angiolillo se dirigió a Francia, con el revólver que adquirió en Londres en su bolsillo. Prosiguió a París, y a través de sus contactos dentro de la fraternidad anarquista, buscó presentarse ante el doctor Betances.

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En el consultorio del doctor Betances

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