Encabezado de Ficha El Antillano
 

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19 de mayo de 1895
Primera entrevista de Betances en el semanario
La Revue Diplomatique

Cuba 1

(El traductor de este texto, Carlos M. Rama, nos explica de que a pesar de que su autor es un corresponsal de La Revue Diplomatique, que firma como J. M., la mayor parte del material lo aporta directamente Betances, y puede ser considerado, por lo tanto, como un documento importante en la explicación de su papel en el seno de la delagación del Partido Revolucionario Cubano en Francia.)

Conversación con el Dr. Betances

La insurrección toma en Cuba —a pesar de los comunicados tendenciosos de Madrid— proporciones considerables. Los EE.UU. se han emocionado de los males tratamientos que han hecho sufrir a los insurgentes cautivos del Mariscal Martínez Campos. Hay incluso un movimiento muy pronunciado, del otro lado del Atlántico, para acordar a los insurgentes de Cuba la calidad de beligerante y esto se cree el parecer del presidente Cleveland.

Por otra parte, una cierta emoción ha suscitado en el mundo hispano-americano por la encuesta que han hecho en Madrid los dos enviados del New York Herald. Esos dos periodistas, habiéndose hecho los abogados de la causa española, han atraído réplicas violentas de los principales diarios norteamericanos, amigos casi todos de los revolucionarios.

Céspedes, Quesada y otros, telegrafiaron también a nuestro gran colega norteamericano extensas protestas y lo remitieron a la importante declaración del Partido Revolucionario Cubano.

En la casa del Dr. Betances

Para obtener informaciones exactas sobre la situación en esta isla lejana, que lucha tan heroicamente por su libertad e independencia, no podemos otra cosa mejor que ir a golpear a la puerta del doctor Betances, el representante en París del Partido Revolucionario Cubano.

Con su cortesía habitual, el doctor Betances ha tenido la gentileza de proporcionarnos, sobre los acontecimientos que se desarrollan actualmente en Cuba, las interesantes informaciones que exponemos más adelante. Pleno de entusiasmo, aquél a quien sus correligionarios han puesto el sobrenombre de El Antillano, a causa de los sacrificios que hiciera por la libertad de las Antillas, habla con una convicción que impone respeto:

«Las causas de la revolución, y yo digo bien de la revolución cubana, existían desde que Cristóbal Colón, el primero, lanza en nombre de España, en persecusión de los indios, a los que no podía alcanzar, perros feroces para devorarlos. Esas causas existían desde que el cacique Hatuey, conducido al suplicio por un monje que le exhortaba a bautizarse, para entrar en el Paraíso, donde él vivía entre los blancos más virtuosos, les lanza esta respuesta: ‹No, yo no quiero ir a un lugar donde encontrarría otra vez a los españoles.

«El gran cacique, inmolado en Yara, en el mismo lugar donde Céspedes en 1868 debía levantar el estandarte de la Independencia, marcaba desde entonces la separación que debía establecerse entre la casta familiar criolla, heredera de la raza india, exterminada, y guardiana de recuerdos legendarios de una guerra sin piedad, y el orgulloso conquistador siempre armado del ¡Vae victis!, creyéndose siempre investido de la potencia de suprimir a los hijos del país el aire mismo que les permite respirar. Esto ha sido dicho.

«Los crímenes de los pueblos deben tener su castigo, lo mismo que los crímenes de los hombres y desde Hatuey las razas han sido aplastadas para su exterminio. Fueron primero los indios, y sobre ellos los negros africanos y con ellos esta inteligente y fina raza criolla, de la cual hablaron tantos elogios e interés autores como Philaréte Chasles y Duvergier de Houranne. ‹No sé› —decía este último escritor hacia 1866— ‹si una revolución se prepara en Cuba›. Él preveía ya la separación de la isla, como Montesquieu había predicho la independencia de América Latina por cuanto ‹todo un continente no podía seguir colgado de un ángulo de Europa›.

«La serie de crímenes se ha continuado hasta nuestros días, en que España está decidida a hacer en Cuba, dice The Recorderlas más espantosas masacres de que pueda informar la historia moderna›, donde ‹el tres veces sanguinario Martínez Campos›, agrega The Morning Advertiser, ‹hace una carnicería de los rebeldes, que caen en sus manos›.

«Los españoles se han enorgullecido, siempre en vano, de haber conquistado esas tierras civilizando a los indios. Hay una obra contemporánea de esos hechos, cuyo título es bien elocuente. Abrid la obra del venerable Las Casas y allí leeréis: ‹Brevísima relación de la destrucción de los indios›.

«Esto lo dice todo. En América siempre así ha actuado España: exterminando, y ‹cuando el español terrible› —dice Bolívar— ‹ha terminado con las razas autóctonas, se vuelve furiosamente contra sus propios hijos para devorarlos›.

«Los reflejos de sangre fluirán para enrojecer la frente de los reyes (de España) y la palabra conquista, siendo sinónima de exterminio, fue ordenada por las Leyes de Indias a los aventureros de no hablar más de ‹conquistar› o ‹exterminar›, sino más bien de pacificar y de poblar. Cambiadas las palabras, los hechos siguieron siendo los mismos. Hasta hoy.

«Durante ese tiempo, como decía Mazzini, hablando de su querida Italia: ‹Conspiraciones, luchas, persecuciones, venganzas, todo se producía sin brillo, sin aplausos y sin piedad. Se hubiera podido decir que hasta los peldaños del cadalso estaban cubiertos de terciopelo, a tal punto las cabezas apenas hacían ruido, al caer›.

«Es así que desde 1790, y antes que Inglaterra, bajo la influencia de la Revolución Francesa, se encuentra criollos oponiéndose a la trata de negros, y hasta son condenados por ese ‹crimen›, pues los Gobernadores ganaban mucho con la ‹madera de ébano› y las ‹bolsas de carbón›.

«Después vemos a Gaspar Betancourt, llamado El lugareño, poniéndose de acuerdo con Bolívar y Páez en la lucha a favor de la independencia.

«Lemus (1823), jefe de la conspiración llamada Soles y Rayos de Bolívar, junto con Heredia, el gran poeta cubano, antepasado del académico francés, Arango, Tolon, Iznaga y Ugarte. Esta conspiración se extiende a Puerto Rico, con el venerable Andrés Vizcarrondo y Plácido (1844), otro gran poeta, ejecutado sin piedad.

«El general Narciso López (1830-1851); Goicouria, F. Estrampes, J. Agüero, Zayas, Benavides, Ramón Prieto (1855), Carlos Manuel de Céspedes, Aguilera, Figueredo, A. del Castillo (1868) y con ellos, y después de ellos: Martí, Gómez, Maceo, Calixto García, Bonachea, Esquerro, los hermanos Sartorius y naturalmente abreviamos.

«Martí, Gómez, Maceo, están todavía a la cabeza de la revolución del 24 de febrero de 1895, que el gobierno español ha procurado, al principio, hacer pasar por un ataque de bandidos, después por una sublevación de negros, y finalmente, por un movimiento insurreccional sin importancia

«He aquí, sin embargo, que desde los primeros días de la revolución ‹El rey de los campos de Cuba› —como se hacía llamar el bandido Manuel García— ha desaparecido de la escena con sus compinches. Sin embargo, todos los esfuerzos del general Polavieja y de sus tropas habían sido, durante años, impotentes para someterlos.

«Hoy periodistas de los diarios habaneros atraviesan los bosques deshabitados y llegan a los campamentos revolucionarios sin correr otros peligros, que el de ser aprehendidos y juzgados por las autoridades españolas, en consejo de guerra.

«En cuanto a la parte de los negros en la revolución, sería necesario contar al revés la demonstración de Toussaint L’Ouverture, cuando propagaba a los suyos que ellos eran mucho más numerosos que los blancos. En una palabra bastaría con llenar un vaso con granos de arroz y agregar solamente algunos granos de pólvora. Pero además, el negro que se une a la revolución, ¿hace algo más que cumplir con su deber?

«Lo hace por lo pronto como soldado, más tarde lo hará como ciudadano, empleando su influencia hace comprender a los suyos que todos son hermanados con los criollos blancos por los lazos fraternales del patriotismo. ¿Qué pretenden los españoles? ¿Acaso ellos se privaron, en la guerra de independencia contra los franceses, de los servicios del bandido negro François Biassou? ¿No le cubrieron el pecho de cruces honoríficas? ¿No le rogaron tomar el título de generalísimo de las armas de su Majestad Católica en Santo Domingo? ¿En la guerra cubana de 1868-1878, el general Puello, que se batía por ellos, no era acaso un negro puro?¿No era llamado, en los diarios monarquistas ‹buen español›, ‹leal súbdito de la Corona de Castilla›? ¿No fueron iguales a las lisonjas que le prodigaron al Conde de Valmaseda, los elogios que le dieron?

«Sí, nosotros hemos perdido un negro, Guillermo Moncada, o ‹Guillermón›. En 1878, cuando se firmaba la funesta paz del Zanjón, el mariscal Martínez Campos no desdeña hacerlo sentar a su derecha en un banquete, lo colma de elogios por su habilidad y coraje y termina por nombrarlo inspector agrícola en Santiago de Cuba.

«El negro que había sido duramente atacado por el jefe español, pero que lo había detenido mucho tiempo en su marcha, le contesta: ‹General, si nosotros hubiéramos seguido por más tiempo frente a frente, los árboles de los bosques se hubieran secado bajo las balas›.

«Esto es lo cierto: negros, mulatos y blancos, combaten hoy codo con codo y si ustedes quieren saber lo que valía Moncada pregúntenle al elegante español Lachambre cuál fue el soldado que lo hizo volver precipitadamente a Santiago cubierto de heridas. Por lo demás, ¿que sea un blanco, un mulato o un negro quien dé la victoria al ejército republicano, Cuba será por ello menos independiente?

«En cuanto al eminente mulato Maceo del cual los telegramas de Bolsa, anuncian un día su suicidio y al otro la derrota, se encuentra valientemente acampado entre Holguín y Baracoa a la cabeza de 5,000 hombres y había desembarcado en Cuba solamente con 22 compañeros. Desde allí tanto él corre con algunos hombres a hostigar a los españoles en la campaña rasa de Santiago, como atraviesa como un rayo por las montañas en persecución del traidor Santocildes al que alcanza finalmente y derrota cerca de Bayamo.

«Oficiales y soldados blancos se honran de servir bajo sus órdenes y combatir a su lado, pronto debe unirse al general en jefe Máximo Gómez, que comanda fuerzas superiores todavía a las suyas y que con una tropa de dos mil hombres termina de batir un ejército español de 4,500 combatientes, de los cuales 200 han quedado muertos o moribundos en el campo de batalla de Guaimaro.

«Con oficiales tales como Masso, el primero que después de una victoria lanza una proclama ordenando a los suyos el respeto a las propiedades y a las personas incluso de los españoles, que observaran la neutralidad; como Portuondo, Rodríguez, Montejo, Castillo, Pérez, Guerra, Miró y tantos otros cuyas fuerzas reunidas forman con las de Gómez y Maceo más de 15,000 hombres; con los socorros que viene a aportarles en armas y municiones la expedición del hábil táctico Collazo; el General en jefe de los cubanos recibirá sin temor los 50,000 hombres que Martínez Campos pide todavía a su gobierno y a los cuales las fiebres palúdicas, la disentería y el vómito negro, llamado allá en Cuba ‹el patriota›, le harán las cuentas a Cánovas del Castillo.

«El ejército republicano recuerda que él no era ni más numeroso ni mejor organizado en la guerra de los Diez Años (1868-1878) y que España allí gastó un billón de pesetas y abonó los campos de Cuba con los cadáveres de 100,000 de sus desgraciados hijos. Hoy Martínez Campos, que espera pronunciar desde su llegada su vini, vidi, vinci, se encuentra limitado a solicitar nuevos millones, soldados, médicos, hermanas de caridad para hospitales; doce oficiales superiores (generales y coroneles), 29 capitanes y 12 lugartenientes para cubrir las vacantes (debidas a las balas y a los machetes de los cubanos), aparte de municiones y artillería de montaña.

«¿Dudaremos que la guerra cubana tiene importancia?

«Es necesario decir, para vergüenza de la humanidad, que este drama terrible que se desarrolla bajo los ojos inmóviles de la América Latina hipnotizada por una momia fantasma, ha despertado en Europa la avidez sin freno y sin escrúpulos de los especuladores que se felicitan de pescar en la sangre.

«The New York Herald, después de una excursión por Madrid registra todos los cumplidos que se le antojan, y anuncia victorias que los reveses de los revolucionarios han desautorizado.

«Incluso lo sucedido al señor Drome y a sus camaradas corresponsales en Madrid del gran diario norteamericano, la misma aventura que a Reverdy Johnson cuando vino de Inglaterra para conocer las reclamaciones por las depredaciones del ‹Alabama›. Estos señores con un candor digno de la edad han abordado los ministros españoles para solicitarles información sobre la guerra cubana y no han dudado de la elocuencia de Cánovas, ni de las adulaciones de Moret, ni de la pompa ni de la estética de Castelar, ni del encanto en general de la lengua de los dioses, y sin dudar han tomado la defensa de los enemigos de América. Ellos han sido, como se dice en los Estados Unidos, reverdisés.

«Y como la revolución cubana tiene por causa esencial ‹la justicia inmanente› de la cual hablaba vuestro Gambetta, porque ella es justa y fuerte, es indudable que triunfará. Todos los diarios que organizan sus telegramas de acuerdo a la cotización de la Bolsa no prevalecerán contra ella.

«Sería bueno que en Francia se estudiara la revolución de 1868. Desgraciadamente no existe más que un buen libro sobre esos acontecimientos y está escrito en español. Es el que termina de publicar el hijo del ex-presidente Carlos Manuel de Céspedes.

«Yo tendría todavía mucho que decirles sobre la importancia de Cuba como nación comercial. Los Estados Unidos lo saben y puede ser que a esto se deban sus simpatías. Pero lo esencial es haceros conocer el poderío de la revolución que renace y que renacerá mil veces de sus cenizas. Cuba está destinada a probar una vez más que ‹los españoles han podido hacer todo en América, excepto hijos españoles›.»

Al retirarnos nosotros no hemos podido dejar de hacernos esta reflexión: si aquéllos que están allá en la manigua se baten con la fe estimulante del doctor Betances, desde ahora puedo afirmar que la independencia de Cuba es un hecho cumplido.

J. M.

 

Esta ficha fue revisada en 07.01.08 10:31 PM

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