Encabezado de Ficha El Antillano
 

Vudú y revolución

Índice de fichas

Azúcar
Introducción al tema
Datos de la historia
De los árabes al mundo
El azúcar promueve la esclavitud y el capital
El impulso imperialista y el azúcar
Auge del binomio Portugal & Holanda
Las facciones burguesas en Inglaterra y el azúcar
Antagonismos entre plantadores británicos y comerciantes de las Trece Colonias
Las destilerías y refinerías en las Trece Colonias
La Ley Azucarera y la Revolución de las Trece Colonias
Las luchas por el dominio del mercado azucarero de Europa
El mercado azucarero británico y la dieta del proletariado inglés
Le sucre de canne
La sociedad colonial de Saint Domingue
Los esclavos de Saint Domingue
Los cimarrones de Saint Domingue
Las rebeliones de esclavos y cimarrones en Saint Domingue y el caso de Mackandal
La esclavitud en Saint Domingue, los abolicionistas franceses y la insurrección de Ogé
Vudú y revolución

África

Alemania

Betances

Ceuta y Melilla

España

Estados Unidos

Imperialismo

Inglaterra

Islamismo

Magnicidio

Opio

 

El cine comercial norteamericano ha creado una imagen siniestra del vudú, representándolo como una magia malvada que torna los muertos en unas criaturas asesinas y, en ocasiones, antropófagas —los notorios zombis. Este estereotipo delata el persistente pánico racista de la sociedad blanca a la furia de la rebeldía esclavizada, proveniente de sociedades con un pasado esclavista.

Como todas las religiones, el vudú emplea el ritual y le imprime contenido mágico a la fe. Las religiones que surgen de sociedades que aún se encuentran muy cerca de la naturaleza, le imprimen a sus creencias un contacto muy directo con las fuerzas que ésta encierra, y es capaz de experimentarlas como seres con vida y personalidad propia. Acumulan, además, un amplio, y secreto, conocimiento del poder farmacológico —curativo, narcótico o letal— de substancias provenientes de las plantas, los animales, o la materia inerte. En el vudú, ciertas ceremonias, y el empleo de la música, los tambores, el baile, y substancias que producen esos efectos, pueden inducir catalepsia, trances, visiones, convulsiones y profundas transformaciones psíquicas.

El vudú es una fe. Es una creencia, como el cristianismo, el islam y el judaísmo, en la existencia de una dimensión real, pero diferente, a la existencia material que experimentamos los humanos mientras estamos vivos. Esa fe permite creer que más allá de la muerte hay vida, y que esa vida tiene contacto efectivo con los seres que todavía habitan el mundo material de los sentidos. Ese fe permite creer que esos seres que habitan en esa otra dimensión, si nos dirigimos a ellos con los rituales adecuados, pueden ejercer su influencia, su poder o su intervención para afectar el curso de los acontecimientos en la dimensión material y cotidiana. El vudú tiene sus orígenes en África, en las regiones donde más activo estuvo el tráfico de esclavos. De África se trasplantó a América, y prosperó con mayor vigor en Saint Domingue, la más africana de todas las colonias de aquel entonces (y la más africana de todas las repúblicas americanas, hoy Haití).

El vudú de los esclavos en Saint Domingue era una fe muy poderosa, firmemente arraigada en la conciencia social del medio millón de esos africanos y descendientes de africanos (con la necesaria excepción de los affranchis, quienes se aferraron al más ortodoxo de los catolicismos romanos y no perdían una oportunidad para rechazar el vudú, y de paso, cualquier herencia africana). De especial importancia es cómo esa intensa fe, para todos los efectos constituida en una poderosa fuerza material, estaba identificada totalmente con la pasión por la libertad y con el odio al amo y a sus crueldades.

El episodio de Mackandal y la revuelta de cimarrones y esclavos en los 1750s ofrece un testimonio dramático de la poderosa fusión de la fe del vudú y la irreversible rebeldía de las poblaciones esclavas y cimarronas de Saint Domingue.

Luego que los grandes blancos trataron de exhibir el tormento de Ogé como una lección para todos los habitantes no blancos de la colonia de que nada menos que el status quo sería tolerado en Saint Domingue, le suerte estuvo echada.

Ahora le tocaba a los esclavos y cimarrones a dar el próximo paso.

Lo dieron el 14 de agosto de 1791, y dejaron marcado para siempre en la historia uno de los episodios más dramáticos que jamás fuera escenificado. Los esclavos de Saint Domingue se levantaron, derrotaron a los dos ejércitos europeos más poderosos de la época, el británico y el napoleónico, y constituyeron la primera nación libre de América Latina.

Los esclavos de Saint Domingue iniciaron su

propia revolución, en el transcurso de la cual

derrotarían los ejércitos más poderosos de Europa.

Todo comenzó en Bois Caïman, en aquella época un tupido bosque en la región norteña de Morne Rouge, al suroeste de Cap Français. Un cimarrón, descrito por los contemporáneos como un ser gigantesco, poderoso, grotesco, con un rostro más parecido a una talla de un dios africano que a la de un ser humano, feroz y temible, era un líder inspirador para los esclavos. Su gran influencia sobre los esclavos del Norte se proyectaba también de su profundo dominio de las dimensiones espirituales del vudú, del cual era un reconocido sacerdote. Su nombre era Dutty Boukman, conocido por Zamba Boukman por sus seguidores. (Dice la tradición que su nombre se deriva del inglés de sus amos originales en Jamaica, quienes en reconocimiento de su dominio de la lectura le llamaban Bookman.)

Esa noche retumbaron los tambores en el bosque del caimán. Los esclavos y cimarrones bailaron con frenesí. La sacerdotiza vudú, Cécile Fatiman, invocó a todos los espíritus que vinieran en auxilio de sus hijos africanos. En el momento culminante de la ceremonia, Boukman clavó un puñal en la garganta de un cerdo, y bebió de su sangre caliente, mientras levantaba el cántico de:

“Eh! Eh! Bomba! Heu! Heu!
Canga, bafio té!
Canga, mouné de lé!
Canga, do ki la!
Canga, do ki la!
Canga, li!”

Traducido libremente al castellano:

“Juramos destruir a todos los blancos
y todo lo que poseen.
Antes de fracasar
en cumplir este juramento,
mejor morir.”

Entonces, narran los cronistas que han recopilado la tradición oral, Boukman lanzó esta oración al cielo:

“El dios que creó la tierra; el dios que creó el sol que nos brinda la luz. El dios que sostiene los océanos; que hace tronar al rayo. Nuestro dios que tiene oidos para escucharnos. Tú, dios, que te alojas en las nubes; que velas por nosotros desde donde resides. Tú puedes ver cómo el hombre blanco nos inflige grandes sufrimientos. El dios del hombre blanco lo mueve a hacernos daño. Pero tú, nuestro dios, quieres que seamos justos. Nuestro dios es tan bueno, tan justo, que nos ordena a vengar el mal que se nos hace. Es él, nuestro dios, que dirige nuestras armas y nos traerá la victoria. Él nos asistirá. Desechemos la imagen del dios blanco que ha sido tan cruel con nosotros. Escuchemos la voz de la libertad que clama en todos nuestros corazones.”

Procedió, entonces, en un trance, a escoger de entre los esclavos y cimarrones, hipnotizados por su carisma, a tres “generales” que dirigirían a los ejércitos de los negros de Saint Domingue en su primera ofensiva insurreccional en contra de los planteros blancos: Georges Biassou, Jean François Papillon y Jeannot Bullet.

La Revolución de los esclavos, hazaña

que repercutió por todo el mundo, y

sacudió al sistema de explotación y

miseria que le impuso el lucro azucarero

a incontables seres humanos del África.

La revolución de los esclavos de Saint Domingue había comenzado.

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