Encabezado de Ficha El Antillano
 

El impulso imperialista y el azúcar

Índice de fichas

Azúcar
Introducción al tema
Datos de la historia
De los árabes al mundo
El azúcar promueve la esclavitud y el capital
El impulso imperialista y el azúcar
Auge del binomio Portugal & Holanda
Las facciones burguesas en Inglaterra y el azúcar
Antagonismos entre plantadores británicos y comerciantes de las Trece Colonias
Las destilerías y refinerías en las Trece Colonias
La Ley Azucarera y la Revolución de las Trece Colonias
Las luchas por el dominio del mercado azucarero de Europa
El mercado azucarero británico y la dieta del proletariado inglés
Le sucre de canne
La sociedad colonial de Saint Domingue
Los esclavos de Saint Domingue
Los cimarrones de Saint Domingue
Las rebeliones de esclavos y cimarrones en Saint Domingue y el caso de Mackandal
La esclavitud en Saint Domingue, los abolicionistas franceses y la insurrección de Ogé
Vudú y revolución

África

Alemania

Betances

Ceuta y Melilla

España

Estados Unidos

Imperialismo

Inglaterra

Islamismo

Magnicidio

Opio

 

El fenómeno del imperialismo se registró al cerrar el siglo xix y comenzar el siglo xx. El economista inglés John Atkinson Hobson, contratado por el Manchester Guardian como su corresponsal a las colonias británicas de áfrica del Sur durante la Segunda Guerra contra los Boers, desarrolló la tesis que el imperialismo británico era una consecuencia directa del desarrollo del capitalismo. Las enormes concentraciones del capital industrial en las potencias de Europa desembocaban en las formaciones de monopolios, carteles, trusts y otros tipos de asociaciones entre capitalistas.

Henry Atkinson Hobson

Henry Atkinson Hobson

Estos monopolios podían integrarse horizontalmente (cuando una empresa fuerte se va tragando a otras débiles dentro de su propia rama industrial, hasta dominar la producción en esa rama) o verticalmente (cuando una empresa va acaparando la cadena completa de su actividad económica, como las materias primas, los medios de transporte y los medios de distribución del producto). Estas concentraciones adquirían una escala tan descomunal que requerían fuentes extraordinarias de financiación, dándole paso al dominio de los bancos y del capital financiero sobre la economía capitalista.

Hobson entiendía que esta concentración de por sí era nociva para la sociedad, ya que eliminaba los efectos saludables de la competencia para el consumidor y los mercados. Pero anticipaba un peligro mayor aún para la humanidad. La feroz competencia del capital financiero por conseguir materias primas y mercados fuera de su ámbito nacional para los productos que financiaba, desataba en su época una voraz competencia por colonias. Además, la propia lógica de acumulación del capital financiero la impulsaba a buscar en el exterior espacios de reinversión con mejores tasas de ganancia de las que podía generar en sus propios países de origen. La competencia entre estos capitales por los pocos mercados y los limitados espacios de inversión disponibles provocaba choques peligrosos, que aumentaban las tensiones internacionales y promovían la inestabilidad y la guerra. (El libro de Hobson sobre este tema, Imperialism, escrito en 1902, ha ejercido una gran influencia sobre los trabajos de otros críticos del capitalismo como Bukarin y Lenin, cuyos análisis de este fenómeno son lectura obligada para los interesados en la historia de esta época.)

Esta transmutación del capital industrial en capital financiero, y las tensiones internacionales que Hobson pudo observar (y que desembocaron, inevitablemente, en la Gran Guerra Imperialista de 1914, conocida también como la Primera Guerra Mundial), generaron su propia vorágine. Las carreras armamentistas que iniciaron las diferentes potencias capitalistas, además de consumir enormes recursos sociales que se hubieran podido emplear en el desarrollo social y cultural de las naciones, crearon una rama poderosísima de la propia economía capitalista: la industria de la guerra.

Referente a la época y los eventos que estamos estudiando, dice Hobson: “It was the sudden demand for foreign markets for manufactures and for investments which was avowedly responsible for the adoption of Imperialism as a political policy and practice by the Republican party to which the great industrial and financial chiefs belonged, and which belonged to them. The adventurous enthusiasm of President Theodore Roosevelt and his ‘manifest destiny’ and ‘mission of civilization’ party must not deceive us. It was Messr. Rockefeller, Pierpoint Morgan, and their associates who needed Imperialism and who fastened it upon the shoulders of the great Republic of the West. They needed Imperialism because they desired to use the public resources of their country to find profitable employment for their capital which otherwise would be superfluous.” [J. A. Hobson, Imperialism, The University of Michigan, 1965, pp. 77-78]

“American Imperialism was the natural product of the economic pressure of a sudden advance of capitalism which could not find occupation at home and needed foreign markets for goods and for investments.” [Ibid., p. 79]

Desde una perspectiva aun más ominosa, Hobson añade, al describir la industria de la guerra: “…the public expenditure in pursuit of an imperial career would be a separate immense source of profit to these men, as financiers negotiating loans, shipbuilders and owners handling subsidies, contractors and manufacturers of armaments and other imperialist appliances.” [Ibid., p. 78]

El economista austriaco, Rudolf Hilferding, en su influyente trabajo Das Finanzkapital (El capital financiero, publicado originalmente en 1910), explica la relación íntima entre los monopolios y el capital financiero. Los monopolios requieren vastas sumas  de capital que pueden conseguir solamente recurriendo a la banca y las finanzas externas. Por otro lado, al eliminar la competencia los monopolios eliminan las tendencias a la reducción de los precios y crean las condiciones para un alza inmediata en las tasas de ganancia, la cual disfruta principalmente el capital financiero.

Rudolf Hilferding

Rudolf Hilferding

Nos ofrece un ejemplo: “The American Sugar Trust was formed in 1887 by Havemeyer through the amalgamation of fifteen small companies which reported their total capital as being 6.5 million dollars. The share capital of the Trust was fixed at 50 million dollars. The Trust immediately raised the price of refined sugar and reduced the price of unrefined sugar. An investigation conducted in 1888 revealed the Trust earned about $14 on a ton of refined sugar, which allowed it to pay a dividend of 10 per cent on the share capital, equivalent to approximately 70 per cent of the actual capital paid when the company was formed. In addition, the Trust was able to pay extra dividends from time to time, and to accumulate enormous reserves. Today the Trust has 90 million dollars of share capital, of which one half comprises preference shares entitled to a 7 per cent cumulative dividend, the other half being ordinary shares which at present also bring in 7 per cent (Berliner Tageblatt, 1 July 1909).” [Rudolf Hilferding, Finance Capital, Routledge, 1981, p. 418n1]

El trust del azúcar confeccionado por Henry Osborne Havemeyer en 1887 (Sugar Refineries Company) es uno de los más elocuentes ejemplos del funcionamiento de los monopolios en la economía capitalista, de su relación con el estado burgués, y de su impulso desenfrenado hacia políticas imperialistas. A través de las políticas imperialistas del estado, el "Sugar Trust", como se le llegó a conocer popularmente a través de todas sus formas corporativas (se incorporó en 1891 en Nueva Jersey con el nombre de American Sugar Refining Company, con sus oficinas centrales en Wall Street), se apoderó de las historias de las Antillas caribeñas y de Las Filipinas, y al absorber a la refinadora de Claus Spreckels en California, se apoderó también del archipiélago hawaiano.

Este tema prosigue en Claus Spreckels y el azúcar hawaiano.

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