Encabezado de Ficha El Antillano
 

Las facciones burguesas en Inglaterra y el azúcar

Índice de fichas

Azúcar
Introducción al tema
Datos de la historia
De los árabes al mundo
El azúcar promueve la esclavitud y el capital
El impulso imperialista y el azúcar
Auge del binomio Portugal & Holanda
Las facciones burguesas en Inglaterra y el azúcar
Antagonismos entre plantadores británicos y comerciantes de las Trece Colonias
Las destilerías y refinerías en las Trece Colonias
La Ley Azucarera y la Revolución de las Trece Colonias
Las luchas por el dominio del mercado azucarero de Europa
El mercado azucarero británico y la dieta del proletariado inglés
Le sucre de canne
La sociedad colonial de Saint Domingue
Los esclavos de Saint Domingue
Los cimarrones de Saint Domingue
Las rebeliones de esclavos y cimarrones en Saint Domingue y el caso de Mackandal
La esclavitud en Saint Domingue, los abolicionistas franceses y la insurrección de Ogé
Vudú y revolución

África

Alemania

Betances

Ceuta y Melilla

España

Estados Unidos

Imperialismo

Inglaterra

Islamismo

Magnicidio

Opio

 

Inglaterra consolidó durante el siglo xvii un sistema cerrado mediante el cual las colonias servían de mercado exclusivo de los productos manufacturados en la Metrópoli, estimulando de esa manera su desarrollo industrial. Las colonias antillanas mantenían su balanza de pagos mediante la exportación exclusiva a Inglaterra de maderas preciosas (hasta que muchas de ellas consumieron sus bosques), de materias primas y de productos agrícolas tropicales como especies, añil, café, tabaco y azúcar.

Esta última substancia se transformó de ser un artículo de lujo de las clases pudientes a una mercancía de consumo general y masivo. En efecto, el crecimiento del mercado azucarero mundial fue tan intenso que se convirtió en el factor central del comercio colonial británico y en un elemento esencial en el impulso emparejado, y contradictorio, del desarrollo del trabajo esclavo de extracción africana en las colonias y la esclavitud asalariada del trabajador “libre” en Inglaterra.

El sistema colonial inglés estaba estructurado en base a unas leyes que gobernaban la conducta de quienes participaran del proceso económico. La Ley de Navegación (Navigation Act) de 1651, impulsada en el Parlamento del Commonwealth por Oliver Cromwell, establecía que toda la carga que llegara a, o saliera de, Inglaterra o sus colonias tenía que ser transportada en barcos con bandera inglesa, y tenía que proceder de, o estar destinada a, un puerto autorizado del sistema inglés. Ostensiblemente diseñada a servir como una respuesta de Cromwell al fracaso de su obertura diplomática en pro de una gran alianza con los holandeses, en su fondo se trataba de un desesperado intento de la burguesía mercantil de Inglaterra de despojarse del dominio comercial de la burguesía mercantil de Holanda, por cualquier medio. Se trataba de una ley provocadora, dirigida a resolver mediante la guerra el predominio comercial en las etapas tempranas del desarrollo del mercado mundial.

En efecto, la guerra entre la burguesía mercantil de la República de Holanda y del Commonwealth inglés no se hizo esperar. Tras largas y costosas campañas navales, en la que la suerte de la guerra se alternó de un bando al otro, las fuerzas navales del Commonwealth finalmente derrotaron las de la República. Holanda aceptó diplomáticamente la Ley de Navegación como parte de la Paz de Westminster de 1654. En la realidad, continuó desafiándola, lo que eventualmente provocó una segunda guerra mercantil entre ambos países.

La derrota táctica de la armada holandesa

en la batalla de Scheveningen y la muerte de

su principal jefe naval, condujo a la Paz de

Westminster en 1654.

Colateralmente, la Ley, y sus consecuentes guerras, se convirtieron en un importante estímulo para la expansión de la armada y de la marina mercante de Inglaterra y en una pieza angular del sistema mercantil inglés. Holanda sufrió la pérdida del dominio comercial marítimo, que pasó ahora a manos de la burguesía mercantilista de Inglaterra. Se vio obligada también a permitir que Portugal recapturara sus territorios coloniales brasileños.

La Ley de Materias Primas (Staple Act) de 1663 le dio aún más rigor al control metropolitano sobre el tráfico de las riquezas coloniales. Todos los productos con destino a las colonias tenían que desembarcar primero en un puerto de Inglaterra, pagar los derechos al Tesoro de Londres, y solamente después de ese paso intermedio podían ser rembarcados a su destino, a algún puerto colonial.

La Ley de Derechos Arancelarios (Plantation Duty Act) de 1673 gravaba el tráfico de productos entre los puertos de las colonias del sistema británico. La exportación de melazas de Kingston en Jamaica a una destilería en Boston, por ejemplo, tenía que pagar derechos al Tesoro de Londres similares a los que se imponían en los puertos de Inglaterra.

Inglaterra impuso los términos de su Pax Britannica con el poder de su Real Armada.

El mercantilismo inglés descansaba sobre

el poder de los cañones de la Real Armada Inglesa.

Dentro de ese sistema de extracción de riquezas que fluían desde la periferia colonial hacia el centro metropolitano en Inglaterra fue que ocurrió el fenómeno de la dramática expansión del mercado azucarero.

Barbados, una pequeña isla tropical de apenas 430 kilómetros cuadrados, una de sus originales colonias azucareras, tenía en 1697 un volumen comercial con Inglaterra mayor que el de Nueva York, Nueva Inglaterra y Pensilvania juntas. En 1773, el comercio británico con sus colonias azucareras de las Antillas superaba al que tenía con todas las Trece Colonias de Norteamérica.

Los planteros ingleses de Barbados se convirtieron

en una fuerza económica y política dentro del sistema

mercantilista de Inglaterra.

Como todos los procesos económicos y sociales, las propias fuerzas que la impulsaban hacia adelante y consolidaban este sistema de plantaciones basadas en el trabajo esclavo, que le brindaban a los planteros su relativa ascendencia en el poder parlamentario, iban creando y nutriendo un nuevo sistema que crecería a su lado y que eventualmente retaría su dominio económico y lo suplantaría por otro de mayor efectividad y productividad: el capitalismo industrial.

El azucar fue el puente entre el mercantilismo esclavista y el capitalismo industrial.

El vigor de la economía azucarera inglesa, basado en

el trabajo esclavo, contribuyó a sentar las bases

para la acumulación del capital que trajo consigo un

nuevo sistema económico. La producción industrial de

mercancías impulsó el trabajo "libre" asalariado y las

fuerzas políticas del librecambio.

La pujanza del comercio azucarero, uno de los factores originarios del mercado mundial, fue un importante estímulo a la Revolución Industrial y al desarrollo de las condiciones que favorecieron el predominio del capital manufacturero, la evolución de la producción industrial de mercancías, y las eventuales presiones políticas para la eliminación de la esclavitud africana y de las otrs medidas mercantilistas, en favor del trabajo asalariado, del mercado mundial abierto y del libre cambio.

Eso sería más tarde; en el período que nos ocupa aquí, al amparo del sistema mercantilista, al final del siglo xviii habían 120 fábricas en Inglaterra que refinaban el azúcar crudo proveniente de las Indias Occidentales.

Con plantas como esta, Inglaterra le arrebato a Holanda el predominio sobre la refinacion de azucar.

Plantas refinadoras de azúcar recibían la materia prima,

los azúcares crudos de las Antillas británicas. Expertos

"artistas", conocedores de los "misterios" del refinado,

producían el azúcar blanco que se mercadeaba en las

ciudades de la propia Inglaterra y del continente europeo,

En el sistema inglés, naturalmente, se adoptó la tradicional separación de funciones, delegándole a las colonias la producción de materias primas, reservándole a la Metrópoli los procesos industriales más avanzados, en este caso, la refinación del azúcar a sus grados de mayor demanda en Inglaterra y en los mercados europeos.

Elevadísimos derechos arancelarios impedían a los azucareros de las colonias el refinar en las islas sus azúcares crudos. En 1671, las tarifas aduaneras que se imponían al azúcar blanco que llegara a los puertos de Inglaterra se quintuplicaron en relación a los que se le imponían al azúcar crudo.

No obstante esa exclusión mercantilista de ciertos procesos de manufactura reservados para la Metrópoli, los hacendados de las Antillas británicas se convirtieron en un componente medular de un sistema simbiótico que les brindaba protección a sus plantaciones de las depredaciones de otros imperios europeos, y les garantizaba acceso al comercio inglés, sin duda el más pujante de todos los sistemas comerciales de la época.

Para las burguesías de las Trece Colonias —para ser más precisos, de las colonias del Norte y del Medio Atlántico— el asunto era diferente. Después de ayudar a la Corona inglesa a derrotar a los franceses en Norteamérica (1754 - 1763), se sentían suficientemente seguros como para prescindir del poderío militar británico para la protección de sus negocios. La carga del mercantilismo inglés sofocaba el potencial de crecimiento económico que veían casi a su alcance, sin tan sólo pudieran sacarse de encima al Rey Jorge y al Parlamento de Londres.

Los habitantes de las Trece Colonias del Medio y del Norte desarrollaron profundas contradicciones con el sisteme mercantilista ingles.

Los mercantilistas ingleses veían a sus

colonos en las Trece Colonias como

laboriosos productores de algodón,

maderas y productos agrícolas, que los

barcos ingleses transportarían a Inglaterra.

Los propios colonos veían la situación

desde una perspectiva muy diferente.

En efecto, desde muy temprano, estos burgueses se habían labrado su espacio económico, desplegando astutamente serias incursiones en el campo de la piratería, la trata de esclavos africanos, el contrabando, y el libre comercio con las colonias de otras potencias europeas, en desafío de las políticas mercantilistas de Londres.

Además, las políticas de la Corona en relación a los pobladores nativos del Continente, a las tierras al Oeste de los Apalaches, de donde recientemente habían expulsado a los franceses, y a las imposiciones tributarias sobre las colonias, alimentaron las ansias de las diferentes formaciones de las burguesías coloniales de ganar mayor autonomía de Inglaterra.

Para esta fecha se había consolidado el comercio triangular en el que las colonias antillanas británicas servían sus materias primas, Inglaterra manufacturaba las mercancías, con las que compraba esclavos en África y los transportaba con excelentes ganancias a las plantaciones coloniales de América. Este tráfico despiadado se repetía una y otra vez, y dejaba a su rastro las peores miserias humanas y las más fabulosas riquezas sobre las que se levantaron las potencias capitalistas de Europa.

El comercio maritimo de las Trece Colonias se nutrio del contrabando de mieles de las Antillas francesas, holandesas y espanolas.

El contrabando se estableció como

una de las principales ocupaciones

de la burguesía comercial marítima

de las colonias de Nueva Inglaterra.

Los comerciantes del norte y del centro de las Trece Colonias se fueron insertando poco a poco en este triángulo, implantado sendas operaciones de contrabando con Saint Domingue (melazas para las destilerías de ron y azúcares crudos para sus refinerías a cambio de esclavos, pescados salados, conservas de carne y de cerdo, maderas estructurales, toneles, herrajes y otras manufacturas), y otras colonias francesas, españolas y holandesas. Cuando Inglaterra intentó desbancarlos, sólo pudo provocar una revolución.

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