1898 - Truenos en la distancia
Volumen II / Número 4

Sinopsis detallada y Respuestas a algunas preguntas insistentes de nuestros lectores

Nota: En esta sinopsis se incluyen detalles que no aparecen publicados en el Cuaderno

La fiebre de guerra en Estados Unidos alcanzaba proporciones incontenibles. La Reina le instruyó a don Gume que si ya nada podía hacerse por salvar a Cuba —los cubanos habían rechazado combativamente la autonomía— que se tomaran todas las medidas para “salvar” a Puerto Rico.

Los puertorriqueños sí habían acogido la autonomía con entusiasmo. Incluso, aquéllos que de primera intención la rechazaron por considerarla un esperpento monárquico, ahora se unían a los procesos electorales. ¡Puerto Rico tenía que ser salvado! Su hijo y futuro Rey no podía acceder al trono y hallarlo sin posesiones en América. Le suplicaba a don Gume que diera los pasos para evitar que los puertorriqueños se unieran a los cubanos.

Las Filipinas, naturalmente, estarían fuera de todo peligro.

En los cálculos de don Gume, en Puerto Rico todo parecía estar en orden en la superficie, pero por debajo bullía un descontento que de encontrar su curso podía convertirse en un problema serio para España.

En ese contexto, don Gume observaba con recelo al líder criollo Luis Muñoz Rivera. Desconfiaba de lo que él entendía como un oportunismo sin principios de parte de quien, si se interpretaban de esa manera los resultados electorales, se estaba despuntando como el caudillo de las fuerzas criollas.

La misión más urgente, por lo tanto, era colocar a su mejor agente cerca de Muñoz, si fuera posible tan cerca para poder velar todos sus pasos, y para poderlo liquidar en caso de que esos pasos se alejaran de España.

Agonizó unos días tratando de decidir a quién enviar a Puerto Rico.

Su mejor agente, sin duda, había sido Alfonso Ruiz Bassen, y en el pasado no hubiera titubeado en enviarlo a él. Pero su conducta se había tornado errática. Se decía que el policía español que había aparecido destripado en un callejón de París había sido su víctima. Siempre supo de lo fácil que se le hacía la acción violenta a su agente, y lo letalmente efectivo que era. Pero ahora parecía estar fuera de control.

Sospechaba también de su participación en el incidente de la carta de Dupuy de Lôme a Canalejas. No podía probarlo y Alfonso lo negaba, pero el viejo sabueso podía ver las pisadas de su agente por toda la escena del crimen.

Por esas razones lo había enviado a buscar. Quería tenerlo de cerca y observarlo, y decidir si todavía podía serle útil, o si era necesario salir de él.

Pero no había tiempo, ni tenía ninguna alternativa más confiable para efectuar la misión. Si se la iba a asignar a Alfonso, tendría que interceptarlo cuando el vapor que lo traía a La Coruña hiciera parada en San Juan.

Cuando Alfonso llegó a San Juan, le esperaban nuevas órdenes. Debería desembarcar y comunicarse con don Ignacio Silva, el agente que don Gume tenía destacado en esa ciudad. Se trataba de un hombre entrado en años, pero de total confianza de don Gume. Operaba una conexión clandestina y directa del cable transoceánico, totalmente independiente de la que se conocía públicamente.

Alfonso se entrevistó con él, y a través de él conoció a Muñoz. Conoció también a don Vicente Bosque, un acaudalado hacendado que se había mudado de Venezuela a Puerto Rico cuando era muy joven, y se había hecho muy rico con la cosecha de café y la crianza de ganado en las extensísimas propiedades que llegaría a acumular. Se había casado con doña Milagros Espina, una dama de la sociedad ponceña, de la que había enviudado durante el parto de su hija. Con don Vicente conoció a esa hija, Milagros de la Esperanza, quien inmediatamente activó su libido de una manera que no había experimentado en mucho tiempo.

Una misión secundaria que se le asignó fue la de estudiar, desde el punto de vista estratégico, por dónde se efectuaría con mayor éxito una invasión yanki, en caso de que decidieran atacar a Puerto Rico. Al regresar de uno de los viajes exploratorios por la Isla, Alfonso recibió la información de que don Ignacio había sido asesinado. Entre sus papeles se halló información sobre Alfonso, y los guardias querían hacerle algunas preguntas.

Alfonso se las ingenió para inspeccionar el cadáver y al ver la herida en la garganta no tuvo dudas que el asesino era su antiguo compañero escolar de Munich, el "liquidador" de aquel engorroso asunto en Melilla.

*     *      *

Milagros de la Esperanza, única hija de don Vicente y huérfana de madre, se había criado con su padre y una familia de leales sirvientes que vivían en la hacienda. Ya de adulta, don Vicente le había delegado importantes gestiones administrativas de sus propiedades y fincas. Crescencio y Jacinta, los sirvientes que la habían ayudado a criar, recibieron de don Vicente una propiedad a la orilla de la carretera con una estructura que había sido una de las tiendas de raya de una de las haciendas de café.

Allí en esa tienda, Alfonso —que se hallaba en otro viaje exploratorio— se encontró con don Vicente y su hija, que se habían detenido a saludar a sus antiguos sirvientes y a comer algo. Todos fueron testigos de una situación abusiva de parte de la Guardia Civil, en la que Alfonso tuvo que intervenir para evitar una desgracia. Don Vicente, que se percató de la atracción mutua entre su hija y el español, aprovechó el agradecimiento por su intervención en el incidente para invitarlo a la Hacienda. Don Vicente desesperaba por tener una prole de herederos antes de morir y su hija no parecía tener ninguna prisa en dárselos.

La invitación se extiendió por algunos días y arrojó los resultados esperados por don Vicente. Con el tiempo, su hija y el español decidieron casarse. Al fin vendrán los nietos, pensó don Vicente.

Alfonso escondía su misión detrás de una identidad elaborada como un agente de unos inversionistas alemanes. En esas funciones tuvo la excusa adecuada para establecer su residencia principal, propiedad del joven matrimonio, en Ponce, y además alquilar un apartamento en San Juan. Desde ambos puntos pudo establecer vínculos estrechos con Muñoz.

Ya se había declarado la guerra entre Estados Unidos y España. Muñoz trataba de convencer al gobernador militar de la colonia, sin éxito, que le facilitara armas para organizar milicias de voluntarios criollos.

San Juan permanecía tranquilo a pesar de la guerra. Cundían los rumores del paradero de la escuadra de Cervera, y la mayoría de los españoles en Puerto Rico confiaba que la flota española hundiría en poco tiempo a los buques yankis y la guerra concluiría rápidamente con una humillante derrota para Estados Unidos.

Una noche, mientras estaba solo en San Juan, Alfonso salió, como de costumbre, a caminar y tomar el aire después de la cena. Un guardia con quien conversaba le dijo que al parecer se acercaba mal tiempo, porque escuchaba truenos en la distancia. Alfonso lo corrigió. No eran truenos. ¡Estaban bombardeando a San Juan!

Efectivamente, en pocos segundos comenzaron a llover sobre la ciudad los proyectiles, lo que provocó un inmenso pánico.

Durante el bombardeo, el doctor Barbosa cruzó la bahía en una frágil embarcación, y llegó a San Juan a auxiliar los heridos. Alfonso se unió al esfuerzo y ayudó al médico y su grupo.

Al terminar el bombardeo, Alfonso conoció al doctor, quien lo invitó a cenar. Lograron conversar en privado y Barbosa le dio muestras de ser un hombre comprometido y un líder honesto.

Barbosa terminó la conversación con las palabras de: “Don Alfonso, usted me preocupa…”.

En la confusión del bombardeo se escaparon varios reos de prisión. Entre ellos había un hombre que Muñoz se había dedicado a perseguir sin piedad. Su nombre era Santiago Iglesias Pantín.

Pregunta: ¿El matrimonio del espía, es sincero o es por conveniencia?
Respuesta: Esto está abierto a conjeturas de un lado y del otro. Ciertamente el matrimonio le otorga el beneficio de la proximidad a Muñoz Rivera, que es clave para el cumplimiento de su misión. Por otro lado, en algunas entradas a sus memorias se vislumbra la posibilidad de que él no rechazaba los encantos de la vida burguesa en Ponce, ni la joven y vivaz compañía de Milagros de la Esperanza. ¿Amor? Tal vez el espía español estaba incapacitado de experimentar este sentimiento, pero ciertamente, en su frío y calculador razonamiento, Milagros de la Esperanza ocupó un lugar especial, protegido de los más cínicos y crueles excesos de su personalidad.

Pregunta: ¿Por qué ustedes se refieren a los americanos como yankis? ¿No es ése un término despectivo?
Respuesta: Los habitantes de Estados Unidos se llaman ellos mismos “Americans”, pero ese término es confuso en castellano ya que no le pertenece exclusivamente a los nacionales de ese país. En el hemisferio americano, Norte, Sur y Centro América, incluyendo las Antillas, habitamos millones de americanos que llevamos ese nombre por nuestra condición de no ser ni europeos, ni asiáticos, ni africanos, ni australianos, ni antárticos, si allí hubieran habitantes permanentes, además de los pingüinos. Los nacionales de Estados Unidos se les puede llamar estadounidenses, pero ellos mismo llaman al sector tradicionalmente dominante —por haber ganado la Guerra Civil, entre otras razones— con el nombre de “yankees”. Los Yankees de Nueva York llevan ese nombre con orgullo, y “A Connecticut Yankee in King Arthur’s Court” es un libro de Samuel Clemens (escritor humorista sureño que usaba el nombre de pluma de Mark Twain) en el que se resaltan las diferencias entre el espíritu yanki, emprendedor y realista, y las antigüedades supersticiosas inglesas. Tratamos de usar el término de una manera neutral, sin adscribirle ningún valor social o cultural, ni positivo ni negativo. El término despectivo para referirse a los yankis, nos parece, es el de gringo, que aunque no es tan despectivo como el “spick” o el “nigger” que se usa en Estados Unidos para referirse a los latinos y afroamericanos pobres, sí puede conllevar una conotación, aunque tenue, de desprecio.

Pregunta: ¿Es cierto que el US Navy bombardeó a San Juan?
Respuesta: La madrugada del 12 de mayo, a las 5:16 am, el USS Iowa comenzó el bombardeo sobre la ciudad de San Juan, que duró hasta las 8:01 am, cuando el almirante William T. Sampson dio la orden de cesar el fuego. Los barcos dispararon más de 1300 proyectiles, muchos de los cuales explotaron al impactar la ciudad. La escuadra partió a esa hora en dirección a Santo Domingo. La población de San Juan, que despertó bajo la lluvia de proyectiles, reaccionó aterrorizada ante el evento inesperado. Puerto Rico no había formado parte del conflicto entre España y Estados Unidos. Además, no era considerado lícito colocar a las poblaciones civiles bajo fuego de artillería. Muchos abandonaron la ciudad en pánico a partir de ese momento.