1898 - Un puertorriqueño en París
Volumen I / Número 2

Sinopsis detallada y Respuestas a algunas preguntas insistentes de nuestros lectores

Nota: En esta sinopsis se incluyen detalles que no aparecen publicados en el Cuaderno

La próxima misión consistía en penetrar los círculos anarquistas en Barcelona, ganarse la confianza de sus integrantes, y aguardar órdenes para llevar a cabo un operativo terrorista que sirviera de justificación para la represión arrasadora del movimiento.

Alfonso logró su acometido, y llegó a convivir en la comunidad ácrata en Barcelona como un influyente y admirado integrante. Se le reconocía su inteligencia, su arrojo y su radicalismo. Se comentaba discretamente que estaba en liga con algunos de los elementos más decididos del movimiento obrero, promotores de la prédica por la acción.

Llegó la oportunidad del operativo en la celebración del Corpus Christi en Barcelona, el 7 de junio de 1896. Alfonso organizó, con miembros de la Brigada Social, una “acción directa” consistente en lanzar una bomba desde uno de los edificios a la procesión del Corpus Christi.


En la persecución que se desató como consecuencia del atentado, cayeron cientos de anarquistas presos, entre ellos el propio Alfonso. Cuando finalmente don Gume se dispuso a extraerlo de los calabozos de Montjuich, era muy tarde. Unos Guardias Civiles, en plena orgía de sangre, decidieron cebar su crueldad en contra de este preso insolente, cuya mirada no denotaba el más mínimo miedo. Le propinaron una golpiza hasta darlo por muerto. Su “cadáver” fue tirado en una fosa común, donde esa noche unos ladrones de tumbas rebuscaban para extraerles dientes de oro, zapatos, o cualquier objeto de valor que la jauría de la Guardia Civil o las Brigadas Sociales no se hubieran apropiado ya. En medio de esa actividad, se percataron de que uno de los “cadáveres” estaba con vida, y decidieron vendérselo a un médico que ellos conocían, de simpatías ácratas.

Alfonso Ruiz Bassen recibió una paliza tan brutal

que lo dieron por muerto y lo lanzaron a la fosa común

donde tiraron todos los cadáveres.

El médico compró el moribundo, le brindó primeros auxilios, lo “empaquetó” dentro de un ataúd improvisado y lo envió a través de los Pirineos a Francia. En las montañas, unos anarquistas franceses se hicieron cargo del “cadáver”, lo transportaron hasta una rústica cabaña de un viejo comunero, y contactaron al doctor Betances para ver si él podía traerlo nuevamente a la vida.

La cabaña del comunero estaba siendo vigilada por la Policía francesa, ya que era el punto de reunión de anarquistas de Francia y de otras partes del mundo. Al aparecer en los reportes policiacos las visitas periódicas del doctor Betances, la información se filtró hacia el Consejo de inteligencia de la Corona. El doctor Betances estaba muy activo con el exilio cubano en París, era el delegado oficial del Partido Revolucionario Cubano en Francia, y llevaba una recia campaña en la prensa de ese país en contra de la aprobación del empréstito francés a España.

El Consejo de Inteligencia de la Corona apostó a uno de sus agentes en una casona vecina desde donde la Policía francesa vigilaba la choza del comunero.

Eventualmente, el doctor Betances logró traer a la vida a su paciente, quien poco a poco comenzó a dar caminatas, cada vez más extendidas, por los campos vecinos, hasta que fue identificado por el agente del Consejo. Rápidamente se le informó a don Gume que uno de sus agentes, a quien él había dado por muerto, había sido localizado en la choza del comunero.

En poco tiempo, Alfonso fue conducido a la casona donde se encontró, una vez más, frente a frente con su mentor. Don Gume lo instó a aprovechar las circunstancias, en las que su aceptación por el doctor Betances como una figura legítima del anarquismo español de seguro le ganarían la confianza del revolucionario antillano, para penetrar su círculo, mantenerlo bajo vigilancia y, de darse la orden, liquidarlo fulminantemente.

Alfonso aceptó lo que al parecer debería ser una misión extremadamente sencilla. El doctor Betances lo vio muy cerca de la muerte, y con sus esmeradas atenciones médicas pudo revivirlo. Eso, y la reputación corroborada de Alfonso como un anarquista de altísima reputación en Barcelona, que fue golpeado en las mazmorras de Montjuich hasta que sus atormentadores lo dieron por muerto, de seguro le abrirían las puertas del despacho, y la confianza del doctor Betances, de par en par.

No fue poca la sorpresa y frustración de Alfonso al notar a su resuscitador distante y cauteloso. Lo mantenía a distancia prudente, y le negaba el acceso a las sesiones íntimas de planificación política en su despacho. Evitaba quedarse a solas con él, y era muy parco en asuntos políticos en su presencia. Parecía abrigar una inquebrantable desconfianza en su paciente.

En esos días, el despacho del doctor era escenario de una actividad febril. Además de las funciones usuales de recolección de fondos, de información y propaganda, de reclutamiento de combatientes, de compra de armas, de organización de expediciones armadas a Cuba, de lucha en contra de los empréstitos, ahora habría que añadirle la muy efectiva campaña de denuncia, a través de toda Europa, de las torturas y los horribles acontecimientos de Montjuich.

Tarrida del Mármol exponía con suma efectividad los horrores a los que el gobierno de Antonio Cánovas del Castillo había sometido a los trabajadores de Barcelona. En ese vehículo, las denuncias de los horrores de la guerra en Cuba hallaban una caja de resonancia.

En ningún momento Alfonso fue invitado a formar parte de esa campaña. En efecto, si hubiera llegado la orden de liquidar al doctor, Alfonso hubiera fallado, ya que el revolucionario puertorriqueño había tomado precauciones especiales en referencia a su antiguo paciente, de quien, por razones que pueden explicarse solamente en base a la veteranía conspiratoria del viejo revolucionario, él desconfiaba profundamente.

En esos días Alfonso se percató de la visita de un individuo a quien nunca había visto antes. Le pareció reconocer, a través de una puerta entreabierta, un acento italiano.


Unos días más adelante, don Antonio Cánovas del Castillo yacía, inconsciente y agonizante, sobre un charco de su propia sangre. El visitante italiano del despacho del doctor Betances había terminado con su vida, el 8 de agosto de 1897, con tres disparos de revólver, en el balneario de Santa Águeda en Guipúzcoa, San Sebastián.

Si hasta ese momento el acceso al doctor era difícil, la vigilancia agresiva a la cual su despacho y su persona fueron sometidos, tanto abiertamente por las autoridades francesas, como clandestinamente por el gobierno español, hicieron que el acceso se cerrara herméticamente.


El Consejo intentó que el gobierno retirara sus agentes, pero no lo logró. Efectivamente, fue uno de estos policías secretos del gobierno quien inadvertidamente delató la identidad de Alfonso, en un acto público de indiscreción. A partir de ese momento, quedó excluido para siempre de todo contacto con el grupo del doctor Betances. Su misión en París había fracasado.

Rabioso, Alfonso le abrió las tripas al policía indiscreto en un callejón de París.

Pregunta: ¿Qué hay de cierto en los eventos que llevan al espía a la casa del comunero?
Respuesta: La narrativa ficcional teje datos históricos, como la intensa actividad anarquista en Barcelona y la encendida lucha de clases en la región, con la nueva misión del espía de penetrar los círculos más militantes del movimiento obrero catalán. Se hace uso de un incidente real, pero muy extraño, que aconteció el 7 de junio de 1896, en el que se lanzó una bomba sobre la cola de una procesión religiosa que fluía por la calle de Cambios Nuevos en Barcelona, conmemorando el Corpus Christi. Lo extraño del incidente no fue la bomba terrorista, de las que abundaban en aquellos tiempos, sino de que fuera lanzada a la cola de la procesión, donde desfilaba la gente común, y no a la cabeza, en la que se encontraban los ricos, los burgueses, los patronos, los políticos y la alta jerarquía de la Iglesia Católica, blancos favoritos de los anarquistas. Nunca se dio con los perpetradores, pero casi como un resorte automático se desató sobre la clase trabajadora de Barcelona una furiosa represión indiscriminada, encabezada inicialmente por el Ejército, y continuada por la odiada Guardia Civil, y las pandillas de la Brigada Social, hampones y criminales del bajo mundo reclutados por la policía para atacar al movimiento obrero en la ciudad. Sospechamos que se trató del trabajo de un agente provocador, y en la narrativa le asignamos ese rol al protagonista de la novela gráfica. Volviendo a los datos, la orgía de represión llevó a más de cuatrocientas personas a las mazmorras de Montjuich, donde fueron brutalizados, hombres y mujeres, por las bestias en uniforme de la Guardia Civil y de la Brigada Social. Tal fue el salvajismo que hasta la alta oficialidad del Ejército de España reaccionó ofendida y avergonzada por los actos y tomó distancia de cualquier responsabilidad sobre ellos. Toda Europa manifestó su repugnancia ante los sucesos de Montjuich, y Betances los usó como evidencia reciente y cercana de las crímenes de lesa humanidad que los gobernantes de España eran capaces de cometer para aplastar a quienes osaran rebelarse. Incluimos al protagonista de 1898 entre los varios cientos de desafortunados que cayeron presos en Montjuich. Allí recibe una paliza tan salvaje que lo dan por muerto y, como ya a muchos otros, lo lanzan a una fosa común.