1898 - Ambiciones imperiales

Volumen I / Número 1

Sinopsis detallada y Respuestas a algunas preguntas insistentes de nuestros lectores

Nota: En esta sinopsis se incluyen detalles suplementarios que no aparecen publicados en el Cuaderno

Alfonso Ruiz Bassen es hijo de un médico intelectual libertario de Madrid, y de una dama de la sociedad burguesa de Munich. De niño, a los siete años, fue testigo del suicidio de su padre. Debido a serios problemas de disciplina en las diferentes escuelas en las que fue admitido, finalmente su madre lo internó en una escuela militar en Munich a los doce años.

Su madre regresó a su ciudad natal, a casa de su familia, pero Alfonso prefería pasar sus vacaciones escolares con el hermano de su padre, don Fernando Ruiz Bengoa, héroe de las Guerras Carlistas, propietario de un latifundio en Valencia. Hombre recio y disciplinado, había perdido un brazo y un ojo en la guerra, pero nada de su vitalidad ni de su espíritu marcial. A pesar de su carácter militar, Alfonso le ganó un tipo de afecto que, no obstante la ausencia de ternuras, fue lo más cerca a algún grado de calor familiar que tuvo el joven en sus años de formación.

Don Fernando Ruiz Bengoa, general retirado del Ejército de España

En la escuela en Munich no entabló amistades duraderas, pero entre las pocas relaciones que hizo se destacaba una con un muchacho berlinés, algo extraño, que conocemos por Günter, quien le anunció el último día de clases que se unía al servicio de inteligencia militar del ejército del Reich.

Con la ayuda económica de su tío, Alfonso viajó por el Oriente. Visitó la India británica, la Cochinchina francesa, Las Filipinas españolas, Hong Kong británico, China y Japón. Se hallaba en este país cuando recibió la noticia de la muerte de su madre. Regresó muy tarde para su entierro, y no tardó en trasladarse a Valencia, a visitar a su tío.

Halló a un hombre acabado, al final de sus ganas de vivir. Las viejas heridas de guerra lo desgastaban y las relaciones con sus peones se habían tornado muy hostiles, habiendo experimentado varios actos de violencia, quemas de graneros y destrucción de ganados.

Regresó a su vieja casa en Madrid, algo delapidada ya que su madre la había desocupado poco después de enviarlo a él a la Academia Militar. Permanecían viviendo en la casa unos sirvientes, uno de los cuales rápidamente se convirtió en el proveedor de opio para Alfonso, vicio que adoptó en sus viajes por el Oriente. Apenas se recuperaba un día de una de sus sesiones estupefacientes, cuando recibió la noticia de la muerte de su tío. Había muerto solo y le había legado todas sus tierras, las cuales Alfonso nunca reclamó.

Después de dar tumbos en Madrid, y para evitarse problemas con la ley, que pudieron haberle conseguido una condena de cárcel, se inscribió en el Ejército de España. Asistió a la Escuela de Oficiales, donde sobresalió. Fue rápidamente comisionado como teniente en un regimiento de artillería y despachado a Melilla, donde se estaban registrando algunos problemas con las cábilas vecinas y ciertas tribus del Rif.

Melilla lo aburría, pero al menos encontraba excelentes suministros de opio y de hachís con los que se ayudaba a pasar los días. Eso y las prostitutas. Y las peleas callejeras, en las que hacía buen uso de las artes marciales que aprendió en Munich y que perfeccionó durante su estadía en Japón.

Entre tanto, don Gumersindo Narváez de Armas lo había estado observando. A la primera buena oportunidad lo abordó y lo reclutó para su organización —una oficina secreta de inteligencia fundada por Alfonso XII, que le había respondido directamente a él, y que después de su muerte servía directamente a la Reina Regente.

Le atrajo la idea de poder actuar con impunidad, sin estar sujeto a las leyes civiles ni a las jerarquías militares. Aceptó la invitación de su nuevo mentor, don Gume.

Su primera misión fue de vigilancia. La cancillería francesa estaba investigando, con su propio servicio de inteligencia, el origen del contrabando de armas que estaban yendo a parar a manos de tribus rebeldes de su colonia argelina. El Consejo de inteligencia de la Corona tenía firmes sospechas que algunos oficiales del Ejército de España estaban involucrados en el contrabando. Alfonso debería mantener sus ojos y oídos muy abiertos, hasta dar con la información que le permitiera a la Corona detener esta actividad, que ponía en riesgo las relaciones diplomáticas con Francia, en un momento delicado de las negociaciones sobre unos empréstitos.

España había solicitado de los bancos franceses la financiación de las primeras expediciones a Cuba, dirigidas a erradicar allí las operaciones de quienes los gobernantes españoles llamaban unos “filibusteros, bandidos y negros”. España confiaba en aplastar este nuevo brote de violencia en su colonia antillana, pero necesitaba, para lograrlo, el dinero francés. Si se descubría la complicidad de oficiales del Ejército de España en el contrabando de armas para los rebeldes argelinos, se corría el riesgo de que los franceses les negaran acceso a sus bancos y casas de financiación.

Lo que Alfonso descubrió era verdaderamente complejo y peligroso. Comprobó que ciertos oficiales del Ejército de España eran cómplices con el contrabando. Incluso, identificó a uno de ellos como un sobrino de un influyente político, Francisco Romero Robledo.

Lo más difícil de resolver, sin embargo era la evidencia de que estos oficiales españoles estaban trabajando, realmente, para Alemania, que buscaba crearle a los franceses problemas con sus colonias africanas. Esto hacía del lío diplomático uno más complejo aún, pues había que desactivarlo todo antes de que se descubriera y sin ofender ninguna de las cancillerías implicadas.

El Consejo de Inteligencia de la Corona le confrontó a su contraparte alemana con lo que había descubierto. Exigió que la manera necesaria de evitar un escándalo peligroso era que los alemanes liquidaran la operación y barrieran los cadáveres debajo de la alfombra.

La inteligencia alemana envió a su “liquidador” por excelencia, quien, para sorpresa de Alfonso, era su antiguo compañero de escuela en Bavaria, con quien se reencontró en un callejón oscuro de Melilla. Esa noche regresaron a sus viejas andadas del bajo mundo de Munich, sólo que esta vez en un casba de Melilla.

Al otro día, sin embargo, todo era profesionalismo y eficiencia. El sobrino de Romero Robledo fue liquidado de un corte limpio en la garganta.

La oficialidad del Ejército de España en Melilla estaba furiosa. El mensaje era claro. Una fuerza superior al Ejército, y por encima de la política partidista, ejercía la capacidad de tomar acción directa y eficaz, incluso eliminando a uno de sus oficiales, aunque estuviera emparentado con algún político influyente. Eso los puso a temblar, ya que la corrupción en la oficialidad del Ejército corría rampante, amparada en la inmunidad que les ofrecía el uniforme y el rango.

Alfonso pagó las consecuencias de la rabia castrense. Se le puso bajo arresto y se le lanzó a unas oscuras mazmorras militares de Melilla, donde se esperaba que sufriera los peores tormentos en manos de la escoria delincuente de la ciudad.

Las habilidades marciales de Alfonso derrotaron los planes de venganza de los oficiales españoles. Eventualmente don Gume logró extraerlo de los calabozos y hacerle llegar las nuevas órdenes de transportarse a la Península para la próxima misión.

Pregunta: ¿Es histórico el servicio de espionaje español?
Respuesta: El servicio de espionaje que se presenta en 1898 —el Consejo de Inteligencia de la Corona— es ficticio, aunque en España existían instituciones similares, como la policía secreta que vigilaba y acosaba a Betances en París, y a los revolucionarios cubanos y puertorriqueños en Estados Unidos. Sus integrantes no exhibían una gran competencia profesional, y en ocasiones eran actores de verdaderas payasadas. El Consejo de Inteligencia de la Corona, según la narrativa ficcional de 1898, es un organismo secreto al margen de las instituciones políticas del estado español. Cuando Alfonso XII regresó de Inglaterra, donde recibó su educación militar, trató de importar a su reinado muchas de las instituciones que él admiraba de la Corona británica (esto, hasta aquí, es cierto). Una de ésas fue un avanzado y profesional cuerpo de inteligencia (ya aquí estamos creando ficción). No obstante, debido a un grado considerable de desconfianza, decide instrumentar una institución que le responda a él directamente, y no a través de los políticos, ni de las fuerzas armadas (totalmente inventado por nosotros).

Pregunta: ¿Por qué comenzar la historia en Marruecos?
Respuesta: El escenario real de 1898 no es tanto geográfico, sino geopolítico. En estos años se cristalizó el fenómeno del imperialismo, y nada más emblemático de ese fenómeno que la rapacidad que las potencias europeas manifestaron con África, sus tierras, sus poblaciones y sus recursos naturales. En Marruecos tocamos, además, el tema del islamismo, de gran actualidad en este momento.